Columnas, Yoga

Mi primera clase de yoga

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La primera vez que contemplé seriamente probar el yoga fue por recomendación del traumatólogo. Con una desviación crónica de las rótulas que no tiene tratamiento, antecedentes reumáticos en la familia y treinta años recién cumplidos debía empezar a cambiar algunos hábitos pensando en un futuro a largo plazo. Así que, recién empezado el año, me encaminé al estudio que me dio mayor confianza de los que quedaban por el centro. Entraba entre mis propósitos de año nuevo, como nos suele pasar, el estar más atenta y cuidar más mi cuerpo. En ese momento mi motivación se centraba únicamente en el bienestar y salud que el ejercicio físico nos proporciona.

Lo primero que me sorprendió fue la tranquilidad del centro. Me imaginé una clase de estiramientos y mi atuendo me pareció demasiado deportivo si, total, tampoco iba a sudar. Todavía más sorprendente me resultó que la práctica empezara con 15 minutos de meditación. Incluso me puso algo nerviosa a ratos. No estaba cómoda en la postura, se me cargaba la espalda, no me podía concentrar en la respiración.

Por fin empezó la práctica. La primera vuelta del saludo al sol se hizo despacio, explicando cada postura, cada transición, con la certeza de que – para unos cuantos– aquella era nuestra primera práctica. A la segunda vuelta empecé a darme cuenta de varias cosas. La primera: sí que iba a sudar, y mucho. La segunda fue que mi estado físico no me permitía realizar las posturas cómo a los demás. Forcé. Respiraba tan fuerte que se me oía por toda la sala. Sigilosamente, el profesor se acercó y me puso una mano en la espalda, se agachó a mi lado, me indicó cómo respirar y cómo entrar en la postura. Pero, sobre todo, me dijo algo que me cambió para siempre: “conoce tus limitaciones”.

Al final de la práctica hablamos un poco. La idea no era que me sintiese limitada sino que aceptara hasta dónde podía llegar en ese momento, me parase y ahí respirase.

Es realmente difícil extrapolar este principio al resto de ámbitos de nuestra vida, a todo aquello que queda fuera de la práctica tanto del yoga como de la meditación. Pero es por ello que seguimos yendo, ya que la práctica esconde una gran verdad sobre cómo vivir una vida mejor, aceptándonos a nosotros mismos y mejorando sólo respecto a nosotros mismos; no en función de lo que creemos que se espera de nosotros o de aquello que esperan los demás.

Me gusta acordarme de estas sabias palabras en cada inicio de año e intentar, de nuevo, pararme aquí y ahora, justo donde estoy; consciente de mis limitaciones y sin forzarme. Respirar profundamente y entrar en el año nuevo.

Este artículo pertenece a la serie Yoga101 – Una guía (diferente) de Yoga. Clica aquí para acceder a la guía y al resto de artículos. 

Yoga Studio Barcelona

Foto de Andrei Lazarev